La Madre de la Vida

Epílogo: Novictus

La verdad detrás de los Malvocadores

Las brillantes orbes rojas miraban el manantial. Sus claras aguas mostraban la pelea, la gran lucha para destruir a los odiados zenythri. Gustalf era un magnifico guerrero. Sus poderosos brazos blandía su arma, como un Dios Guerrero de antaño. El fuego de sus ojos revelaban la furia del Campeón de los Malvocadores, y ante ella, nadie se resistía.

Los demonios morían. Herramientas útiles, pero al fin, inconsecuentes. Cada ‘muerte’ era solo un impedimento temporal. Solo distracciones. Los zenythri eran, ciertamente, impresionantes. Sus filas se adaptaban para reaccionar ante cualquier situación. Sus lanzas habían sido encantadas, notaba Novictus; la piel de los demonios se abría con facilidad. Pero no importaba. Estaba consciente de que los zenythri habrían de prepararse contra él. Su verdadera perdición seria a manos de Salmissra.

Y en efecto, los Yuan-Ti parecían una implacable ola. Rompían las filas zenythri con facilidad. Novictus veía con satisfacción el miedo en los ojos de los extraplanares. Sabía que jamás habían visto enemigos tan feroces como esas serpientes, liderados por aquella tan poderosa mujer. Secretamente, el líder de los Malvocadores temía el momento en que habría de enfrentarse contra ella.

De repente, un estruendo en el cielo sacudió las aguas del manantial. Novictus corrió fuera del edificio, y vio en el cielo, con sus arcanos ojos, como el sello desaparecía. Mezzernach había fallado! Aquella banda de aventureros lo logro! Pero su felicidad fue destruida rápidamente. Algo estaba mal. Algo había cambiado. Algo fundamental, un orden quebrado – o finalmente en su lugar? Apresurándose de vuelta al manantial, trato de trazar la fuente de esa inconformidad, pero el manantial solo revelaba a un par de esos aventureros, haciendo una señal. Enfurecido, Novictus noto que en respuesta, un gran número de soldados entraba a la ciudad, elfos y orcos. Y los Yuan-Ti de Salmissra se quitaban del camino… Le habían traicionado. Era de esperarse. Levantando sus brazos, y murmurando una sola palabra, su consciencia se traslado hacia otro lugar, otro huésped, dejando un inerte cuerpo en el edificio.

El lugar en el cual despertó era una húmeda cueva, llena de musgo, agua goteando, y un asqueroso olor. Comenzó a caminar, sus sandalias – eran eso?- haciendo el curioso sonido de pisar algo suave y lleno de liquido. Después de unos minutos en esa caverna, llego a un cuarto abierto. Sus paredes eran oscuras, pero labradas en finos diseños arcanos de abjuración. La combinación de piedra labrada junto a la natural le daba un aspecto extraño. En el cuarto solo había una fuente de luz: una vela sostenida por una figura encorvada, la cual observaba detrás de una ensombrecida capucha el pequeño cuerpo de agua a sus pies. Novictus camino hacia ese charco, poniéndose directamente opuesto a la figura.

El charco de agua ennegrecido mostraba a Thulla, y la batalla que ahí rugía. Vieron, en silencio, como los demonios eran destruidos, y los zenythri devastados. Los Yuan-Ti, retroceder, y los Orcos, avanzar. Al ver al poderoso Gustalf caer tras recibir un sinfín de flechas, la figura escupió al charco, y este, humeando, desapareció.

“Te advertí que te traicionarían.”, dijo, en una voz horriblemente burbujeante, e innaturalmente inhumana.

“Lo sé. Tenias razón.”, murmuró Novictus, sus brillantes ojos rojos apagándose lentamente, revelando unos claros ojos dorados.

“Una lástima sobre Gustalf. Tenía tantas esperanzas para él. Campeón de los Malvocadores, sin duda. Pero, al menos, Mezzernach fue destruido.”

Novictus volteo su cabeza, y fríamente observó a la figura. “Gustalf es una perdida que tardaremos mucho en remplazar. No ha habido un guerrero como él en siglos.”

“En efecto, hijo mío. Y tu permitiste que muriera.” La creatura soltó una carcajada, cuyos ecos en la caverna horriblemente resonaban y la aumentaban. “Al parecer, has permitido que muchas cosas sucedan.”

Novictus se mantuvo en silencio. “Mezzernach no fue destruido. Fue detenido, pero es terco. Volverá eventualmente. Pero por ahora, Terra está segura de él. Nuestros planes pueden seguir.”

”’ Nuestros planes’? Has perdido a tus demonios. No fueron tan fuertes como esperabas. Absimiel te ha fallado. Tus herramientas son inútiles ahora. Serás buscado por la Serpiente, y esa banda de aventureros.”

“No. Los idiotas pensaran que he muerto. Me asegure de eso. Y hay mas herramientas que los demonios, padre. Los Malvocadores sobrevivirán”

La figura silenciosamente se acerco a Novictus. Dejando la vela, la cual floto en su propio lugar, puso sus brazos sobre los hombros del otro. Sus manos estaban adornadas por oscuros guantes, relucientes por estar cubiertos de algún liquido viscoso. “Si, Novictus. Los Malvocadores sobrevivirán. Pero creo que me has fallado. Así que, ahora, yo liderare a la perdición de los Dioses.”

La cara de Novictus traiciono su horror, y comenzó a temblar, mitad en furia, mitad en miedo. “P-Pero, padre? Fue solo un tropiezo! Yo -“

“Calla, Novictus. Ambos de mis hijos probaron ser incapaces de llevar a cabo sus tareas. Tu perdiste a tus demonios, y has quedado débil, sin poder ni sirvientes. Tu hermano trato de ser más de lo que era, elevarse mas allá de su posición, morder más de lo que podría masticar, y pago con su vida. Por su arrogancia, su meta es inalcanzable ahora. Mi nieta es demasiado independiente, tan diferente, y tan… noble. Gibraiin está fuera de nuestro alcance.”

Novictus guardo silencio, y sacudió ligeramente la cabeza. “Yo puedo romper a Lianna. Gibraiin no ha sido perdida. Todavía podemos -“

“Basta, chiquillo!”, rugió la figura, en una voz enorme, llena de vileza y maldad. Las piedras se sacudieron, como si ellas mismas temieran la furia de esta creatura. “YO tomo ahora las decisiones. Gibraiin está PERDIDA. Olvídala. Olvida a Absimiel. Olvida a Gustalf, tus sirvientes, tu viejo poder. Sábete un siervo completo a mi voluntad. Y mi voluntad, es ser pacientes.”

Dicho esto, la figura se desmorono en una increíble cantidad de gusanos, que se escabulleron por toda la caverna. Novictus, sacudido, tomo la vela, y silenciosamente se retiro del lugar.

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richterbrahe

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